miércoles, 7 de octubre de 2015

Otoño triste.

Tengo el árbol torcido.
Me pierdo entre mis ramas
y ya ni los pájaros hacen nido.

El viento me mece
como si intentara arreglar el invierno,
pero no sabe que la nieve
me asusta menos que el frío.

Me entristecen las horas
que paso viendo como tu mirada quema
y me vuelvo un cactus,
y echo de menos el agua.

Creo en la suerte de quien tiene cobijo:
un lugar donde esconderse del dolor.
Yo me crié con cuervos
y no veo nada.

Acabo de escuchar volar una hoja,
parece que ha chocado contra el suelo.

domingo, 4 de octubre de 2015

SrS

Dejé de escribir para empezar a soñar
y, últimamente, sueño más de lo que debo.

Sueño que tu pelo me enrreda,
como una red de promesas mojadas,
y se me eriza la piel.

Sueño que llego demasiado pronto
y demasiado tarde,
que te espero dentro de una casa en ruinas,
solo por si sonríes.

Sueño que me rozan tus manos la cara
y mis sentidos rejuvenecen cinco años.
Que aprendo a bailar sin zapatos,
sin miedo a que me pises los pies.

Sueño que cantamos en el coche
y te bebes mi cerveza.
Que me llevas al extremo
y te haces la dura.

Sueño que eres puzzle
y te hago cuadro.

Sueño que duermes tranquila en mi pecho
y mil luciérnagas entran por nuestras bocas.
Así iluminamos París.

Sueño que me miras
y me quedo ahí plantada,
confundiendo realidades de plomo,
guiada por tu corriente hacia Sidney,
rompiendo el guión de mi obra,
cortando los hilos que me separan del vacío.

Sueño que despierto
y te veo a mi lado.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Lecciones

Hoy me he dado cuenta de que decir adiós
no es lo mismo que irse.
De que luchar por alguien
no es lo mismo que luchar por algo,
pero comparten raíz.

Me he dado cuenta de que enfrentarse al pasado y enamorarse
te dirigen hacia el mismo muro.
De que por la ventana que se abre tras cerrar la puerta
no entra ni la mitad de aire
y necesito el doble para respirar.

Me he dado cuenta de que miedo es tan solo una palabra
con mucha fama y poca altura.
De que soñar y querer no son tan distintos:
ambos se hacen con los ojos cerrados.

Me he dado cuenta de que echar de menos es echar de más
pero al contrario,
y quien no me entienda es que nunca se ha perdido a sí mismo.
De que lo importante no es qué sino quién
ni cuánto sino cómo
ni para qué sino por qué
ni cuándo sino con quién.
De que reír y llorar se pueden hacer al mismo tiempo
porque se puede tener la cara triste y el corazón contento.

Me he dado cuenta de que la peor sensación del mundo
es no sentir ninguna
y creo que por eso quiero ser eterna, 
porque vivir brilla demasiado como para que se apague.

Me he dado cuenta de que hay personas que salvan vidas
y no tienen por qué tener profesión.
De que por mucho tiempo que pase,
las cosas importantes nunca cambian
-y las personas tampoco-.
De que yendo hacia Madrid puedo parar en Sevilla,
pero para qué voy a continuar el viaje si Sevilla me encanta.

Me he dado cuenta de que no todo en esta vida merece una sonrisa
y por esa razón, hay que regalársela.
De que el mentiroso, al final, siempre gana
porque acaba creyéndose sus mentiras.
De que elegir a quien amar es imposible,
pero elegir si soportar las miles de piedras que te lanza a la cabeza,
sí lo es.

Me he dado cuenta de que quien bien te quiera te hará llorar
tantas veces como hagan falta,
pero siempre te ofrecerá su hombro.
De que olvidar a alguien cuesta,
pero olvidarse a uno mismo aún más.

Me he dado cuenta de que la mayor parte de las lecciones
no las da la escuela.
De que aprender a perdonar es mucho más difícil que vengarse,
y por ello el mundo es una mierda.
De que hay veces que es necesario salir solo del pozo,
para no arrastrar a nadie más.

Me he dado cuenta de que hay personas que son casa,
por eso ya nunca pregunto dónde sino con quién.
De que el fin justifica los medios,
sobretodo cuando no se tienen medios para ningún fin.
De que es importante tener metas,
pero nunca pierdas más de lo que ganas en el camino.

Me he dado cuenta de que la distancia que más duele
no es física
y de que si se quiere,
el color, el sexo y la religión, no importan.
De que la familia es lo único que te llevarás al ataúd
y verles sonreír te llenará siempre el alma.

Me he dado cuenta de que el orgullo que cuenta
es el que luce después de superarse o ayudar a que otros lo hagan.
De que a veces estás arriba, pero la mayoría estás abajo,
y hay que aprender a reptar entre los escombros.

Me he dado cuenta de que no es fácil ser padre,
pero mucho menos ser hijo,
y de que el dolor es inevitable
pero el sufrimiento sí lo es.
De que no se puede juzgar a una persona
antes de una conversación y un par de cervezas.
De que a veces irte te sirve para comprobar quién te sigue
y, normalmente, eres tú el que no lo hace.

Hoy, me he dado cuenta de muchas cosas.

Definirlo es limitarlo,
por favor,
sigamos siendo infinitos.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Instantes de miel

Sus mejillas rojas eran el presagio de una noche cálida:
decían que tras mirar esos ojos amarillos habían olvidado cómo caminar.

Aquellas manos de algodón y ese sabor  cobarde que desprendía su perfume,
contrastaban con la mirada feroz de esa muñeca de carbón
que decía haberse enfrentado a la muerte
y haberla vencido sin mirarla,
guiñándole un ojo al espejo roto que decoraba su salón.

Nunca tuve miedo, lo reconozco, hasta que la vi,
con esos andares de escudo y esa coraza afilada
que no dañaría una mosca pero sí un corazón predispuesto.
Y eso me asustó.
Me asustó como decidir algo que no podré cambiar mañana,
o peor,
que decidan por mí algo que no pude cambiar ayer.

Tenía cara de haber sufrido leyendo antes de tiempo el final de todos sus libros.
Entonces supe que nunca querría abrirme, porque ya sabía cómo terminaba
-encima suya y su tristeza en la basura-.
Y ella amaba su burbuja,
amaba cómo esquivaba con un zigzag todas las agujas que le mostraba el camino
y cómo su escaso oxígeno alimentaba su mediocre valor,
aún más ocre cuando tropezó con aquella risa
y su burbuja rebotó de aurícula a ventrículo
en un tiempo de dos suspiros a contrarreloj.

Lo último que recuerdo es haberle sostenido la mirada:
una mirada llena de carencias,
que consiguió revelarme mil secretos
antes de que su sonrisa disparara a matar.

Y ahora bajo tierra,
le pregunto a los gusanos por tu ausencia
y me piden que no hable más de ti:
que el instante me está ahogando
y al final, voy a querer salir.

martes, 21 de julio de 2015

Diana.

Estoy tejiendo mi corazón de ceniza.
Los hilos metálicos se resbalan de las agujas oxidadas.

He olvidado el movimiento de tus caderas
y ya no sé qué ritmo llevan mis manos.

La silla de mimbre en la que me siento
me deja su marca en los muslos,
y duele
-quizás aprendió de ti-.

Si
go

te
jien
do.

Pongo trozos de un trapo sucio encima de las heridas
y clavo la aguja, atravesando el corazón de cuajo.

Ahora es de color blanco,
y no por infección,
sino porque siempre fue usado
como el blanco perfecto de los disparos.

miércoles, 8 de julio de 2015

Resistencia de paja.

He olvidado la utilidad de los aeropuertos.

He olvidado lo que significa pasar frío
-y que me abracen-.

He olvidado cuanto dura tarde,
porque ya ni siquiera llego.

He olvidado el olor fresco de las flores
y el sabor verde de la menta.

He olvidado brillar cuando se hace de noche
y ya no me dejan ser estrella.

He olvidado rezar con las manos juntas,
a la espera de que vengas a rellenar el hueco.

Ya no creo en nada que no sea yo misma,
y así me va,
que tengo que esconderme entre las rocas
cuando tengo una ausencia.

Y es que me tengo a mí.
pero no a mí
ni tampoco a mí.
Y me pierdo.
Y me olvido.

domingo, 5 de julio de 2015

Destruyendo mis trozos.

Pienso que abrazar a alguien
es algo así como arreglar
los siete años de mala suerte
que te regalaron al partir
el espejo del baño.

Vuelve a soldarte la espalda,
y ya no eres tan frágil,
eres la bala que se queda en la recámara
para los momentos (in)oportunos.

Y de pronto el silencio
se convierte en tú y yo
de espaldas,
sin nada más que decir
que mi juego de manos
sobre tu cintura.

Entonces me vuelvo otra vez frágil,
rota,
y veo caer mis pedazos
a través de ti.
Y te arañan.
Y te cortan.
Y te dañan.
Y sangras.

Y no nos queda más remedio
que volver a recurrir a la poesía.